Enmontañados
Cuando me desperté, lo que vi fue una montaña
de correos y emergencias: esos bandidos
del trabajo bien saben que yo no recuerdo
si no hemos documentado los pasos
cómo resolver un problema—eso es eterno—
cuántas veces no he recorrido este sendero.
Pero hoy es viernes e interrumpo abrupto el sendero
de cama a escritorio y de vuelta, pasando por la montaña
de tareas y reuniones, ese retorno eterno
de minucias molestas y burócratas banales y bandidos
con una rutina de hierro en la que se pierden mis pasos
y adonde las alegrías se disuelven en el gris recuerdo.
Hubo un tiempo, ahora también en el recuerdo
en el cual con mis amigos tomamos un sendero
juntos, doliéndonos lo urbano, tomando firmes pasos
en el que íbamos cada fin de semana a la montaña
—qué buenos tiempos pasé entonces con esos bandidos—
en busca de lo siempre verde y lo azul eterno.
Al principio temí, con ese miedo primitivo y eterno
—sonrío con alivio hoy que con dicha lo recuerdo—
que esas partes agrestes estuvieran plagadas de bandidos
o que nos cayera la noche pertinaz en un sendero
y nos tragara para siempre la impersonal montaña
y nadie pudiera nunca trazar nuestros pasos.
Pero lo que se me quedó en detalle: mis primeros pasos
respirando el aire y absorbiendo ese escenario eterno
que hace claudicar al hombre y exalta a la montaña
que seguirá allí, augusta, cuando seamos un recuerdo;
cuando el tiempo haya borrado cada pálido sendero
cuando los otros animales sean los únicos bandidos.
En eso pasó casi un año para nosotros, bandidos
cada semana acumulamos más y más lejanos pasos
buscando en carros y excursiones cada elusivo sendero
que nos escondía nuestro querido terruño eterno
y, exhaustos, guardábamos en historia y foto el recuerdo
del segundo hogar errante que hicimos de la montaña.
Salúdenme a la montaña, mis estimadísimos bandidos
sepan que aunque sea en el recuerdo, les sigo los pasos;
que sigan encontrando lo eterno en esos senderos.